El arte como trinchera, oficio y construcción
colectiva
Enrique Espinoza
Pinales
De la serie:
Crónicas de mis desvelos
Heme aquí, de
nuevo, me encuentro al frente de una barcaza que, colocando pieza sobre pieza,
nos ha costado sudor, desvelos y un pulso constante poner en movimiento.
Navegar la gestión cultural en nuestros días exige esa terquedad: la de quien
sabe que la cultura no es un puerto de llegada, sino la marea misma en la que
nos jugamos el sentido de lo humano.
Por una u otra
razón, siempre me encuentro metido en causas más o menos perdidas. Quizás
porque pertenezco a esa generación que creció soñando, aguardando impacientes
el momento de “tomar el cielo por asalto” -como alguna vez proclamó la épica
revolucionaria y romántica de nuestra juventud-. Sin embargo, el tiempo y la
experiencia nos enseñan que este no es el cielo; es simplemente una etapa más
de los tercos y complejos procesos terrenales. Inicié esta andadura de la mano
de otros soñadores, movido por la profunda convicción de que nuestras
aspiraciones no son un capricho individual, sino parte de un sueño colectivo
que reclama su lugar en el espacio público.
A menudo, en la
vorágine de la gestión y la promoción cultural, me asalta la pregunta
inevitable que alguna vez planteó en términos existenciales el filósofo Alemán Nietzsche. En su libro Humano, demasiado humano-
¿Qué es lo que
nos queda después de todo esto? - Tiene razón en su lucidez crítica, y
quizás la tengan también mis bienintencionados y locos amigos artistas cuando
se quiebran la cabeza y se enfrentan al desinterés institucional o la apatía
social. Nunca he podido convencerme de que el mundo es indefectiblemente como
es y que debemos resignarnos a su inercia. Para mí, la utopía sigue y seguirá
siendo utopía: no un espejismo inalcanzable, sino el horizonte necesario que
nos pone a caminar.
De los fríos salones a la dignidad del oficio
Evoco con frecuencia
las reflexiones sobre la función social del arte que habitaban los fríos
salones de aquella Universidad de Guanajuato de aires medievales, en los días
intensos de mi primera juventud. En esos pasillos de piedra, entre debates
teóricos y el fervor callejero, nos formulábamos preguntas que aún hoy siguen
vigentes: ¿Qué tan lejana está la ruda y humilde actividad de un artesano -aquel
que moldea el barro, la madera o el metal con la sabiduría de sus manos- de la
creación artística? ¿Qué refinados y elitistas prejuicios acuñaron
históricamente el término Bellas Artes para
aislar y no contaminar la supuesta “divina tarea” de los artistas?
Siendo artista y
gestor, he sido siempre un escéptico radical con quienes sienten que cuando
caminan no pisan el suelo; esos personajes desprendidos de la realidad que
habitan una torre de marfil y que, como dijera Vicente Huidobro en su
emblemático Altazor, se creen “pequeños dioses”. Esa actitud
endiosada y presuntuosa no es inocente: halaga a los dueños del poder, complace
a aquellos que han parcelado las viñas del Señor y se sienten dueños de
hombres, voluntades y conciencias.
Estos seres
ingrávidos permanecen cómodamente conmovidos por su aislamiento divino. No
necesitan ser sobornados o comprados con oro; ellos mismos se han sobornado al
condenarse a un cielo fácil, desinfectado, sin motines, sin contradicciones y
sin ángeles soñadores que se ensucian las manos en el barro social. Pero como
bien nos recordaba la poesía comprometida de nuestra América: "Mientras tanto, la tierra tiembla en su camino, en su
fulgor". La realidad palpita fuera de los talleres cerrados; la
comunidad clama por espacios de encuentro, de diálogo y de transformación.
El acto creativo como instrumento de existencia
Hoy en día, después
de un siglo XX sacudido por tantas revueltas desmitificadoras y por la
irrupción de las vanguardias posmodernas -que desmontaron los grandes relatos y
los pedestales sacros-, ya no podemos ver en la labor del artista una actividad
misteriosa tocada por la inspiración divina. La mística del genio aislado ha
caducado.
Por el contrario,
la actividad artística tiene como verdadero punto de partida la labor más
humilde y común del ser humano: la capacidad de potenciar los sentidos para
captar los elementos más imperceptibles de la cotidianeidad. Esos matices,
dolores, alegrías y memorias son la materia prima que le permite al creador dar
forma y sentido a las cosas de la vida. De esta manera, el acto creativo deja
de ser un adorno estético para convertirse en un instrumento fundamental de la
existencia: una manera profunda, crítica y sensible de entender quiénes somos,
dónde estamos y hacia dónde queremos caminar juntos.
Considerar la vida
bajo un prisma estético no es un lujo superfluo ni una distracción; es una necesidad
social formativa. La vivencia del arte y la cultura permite la formación y el
desarrollo de individuos más plenos, integrales y empáticos. Nos dota de la
capacidad crítica para apreciar, rescatar y valorar nuestra propia cultura
local -nuestras raíces, lenguas, saberes y tradiciones- al tiempo que nos abre
las puertas para dialogar con la cultura universal. Nos permite, en suma,
expresarnos no sólo de manera intelectual, sino vital y emocionalmente.
La barcaza sigue su rumbo
Esta es la utopía
en la que queremos seguir creyendo. No se trata de un dogma abstracto, sino de
uno de los ejes fundamentales de un proyecto cultural que se está construyendo
colectivamente, desde abajo, con la participación activa de creadores,
promotores y ciudadanos.
Sabemos de antemano
que apostar por la cultura como motor de cambio seguirá provocando escaramuzas
en medio de fuegos cruzados, incomprensiones y resistencias. Sin embargo, la
convicción permanece intacta: contra todo viento en contra, la barcaza de la creación
y la gestión comunitaria seguirá navegando firme, con el rumbo claro y viento
en popa.
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